Esta es una analogía enormemente ridícula que siempre le han hecho los enemigos de la libertad al liberalismo clásico.
Supuestamente en el liberalismo se impondría una especie de ley de la selva donde el más fuerte se come al más pequeño y sólo el más fuerte sobrevive.
Pero veamos, en el liberalismo hay ley, hay Estado, la función de estos dos es hacer que se respete la libertad, propiedad y derechos de cada una de las personas. Por lo que nadie se puede comer al otro, mas sí competir mientras no se realicen fraudes, que sería atentar contra la propiedad por lo que el Estado os defendería.
En fin, competimos todos los días y quienes no compiten no son exitosos, al menos claro está que consideremos ser exitoso a aquél pendejo que se agarra bien fuerte de las bolas del populista de turno y se las lame para luego decir que tiene conexiones arriba y por eso es que tiene plata.
De cualquier manera, eso en el liberalismo no se podría pues el Estado no tiene el suficiente poder como para establecer preferencias en algún mercado pues después de todo esa no es ni remotamente su función.
Entonces, estupidismo a un lado: a defender el modelo de la libertad, el liberalismo.