Obviando el rugido del aire frío que golpeaba contra la ventana y pasaba a través de los vidrios para después convertirse en un delicado silbido el momento era perfecto. Su bufanda colgaba de un hombro con ese colorido en la oscura noche, apenas le cubría del frío que él amaba.
Te quiero demasiado, le dijo con una pequeña pausa mientras miraba el cielo urbano buscando visos del planeta rojo, cuando al fin lo vislumbró prosigue y le dice señalando - pero de aquí, a marte -. En ese momento él se lo había dicho por primera vez y también por última, pero ella jamás se dió por enterada.
Ella, que no había entendido nada, se ruborizó de la vergüenza por no saber de que hablaba, él pensaba que todo había salido como quería mientras del cielo caían algunas gotas que gritaban desesperadas se desmorona, como si supieran lo que sucedía mientras se estrellaban contra la ventana. Mientras tanto él entendía se enamora y se colocaba la soga al cuello ahondándose en un mar de ilusiones.